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La agricultura regenerativa y la ganadería extensiva son piezas clave para detener el cambio climático

Vivimos en un momento crítico para nuestro planeta. Los incendios, las sequías extremas, la pérdida de biodiversidad y el cambio climático nos recuerdan cada día que es necesario actuar urgentemente. Sin embargo, existe un recurso que a menudo pasa desapercibido y que nos puede ofrecer soluciones reales: el suelo.

El suelo es mucho más que una simple capa de tierra en la que crecen las plantas. Se trata de un recurso natural vital, no renovable a nivel humano, que es ecosistema esencial para sustentar la vida del planeta. Se producen los alimentos, se almacena el agua, se regulan los nutrientes y se filtran los contaminantes. Pero hoy queremos destacar una de sus funciones más importantes: el suelo actúa como un sumidero de gases de efecto invernadero, lo que lo convierte en un elemento clave en la lucha contra el cambio climático.

El suelo, recurso esencial contra el cambio climático

El suelo es una mezcla de materia mineral, materia orgánica, agua y aire que lo convierte en un hábitat indispensable para las plantas. A través de sus raíces, las plantas absorben el agua y los nutrientes esenciales -como el nitrógeno, el fósforo y el potasio- necesarios para su crecimiento y para el mantenimiento de procesos fisiológicos. La fotosíntesis es el principal proceso de captación de carbono atmosférico: las plantas lo absorben mediente las hojas y, gracias a la luz solar, lo transforman en compuestos orgánicos – principalmente azúcares – que los utilizarán para desarrollarse. Así, el carbono que estaba presente en la atmósfera queda retenido en forma de biomasa vegetal.

Pero ¿cómo se incorpora el carbono al suelo? Cuando las plantas mueren o pierden sus hojas, esa materia orgánica cae al suelo. Los microorganismos descomponedores, como los hongos y bacterias, la degradan y transforman en compuestos orgánicos más estables como es el humus: una forma de carbono orgánico del suelo muy estable y persistente.

Por tanto, un suelo bien conservado, con poblaciones microbianas sanas y activas, es capaz de descomponer eficientemente la materia orgánica y formar humus, lo que permite que el suelo funcione como sumidero de gases de efecto invernadero.

Cuando el suelo se degrada, el planeta se desestabiliza

La historia nos ofrece claros ejemplos de los riesgos de degradar el suelo. En la década de 1930, en Estados Unidos, se destruyeron más de 80 millones de hectáreas debido a la agricultura intensiva y al arado constante. Estas prácticas, junto con una fuerte sequía, dejaron la tierra sin vida microbiana y la volvieron vulnerable a la erosión, generando un periodo de intensas tormentas de polvo conocido como Dust Bowl o “cuenca de polvo”.

Aprender de los errores del pasado es fundamental, pero hoy en día la agricultura intensiva sigue afectando gravemente la salud de los suelos. El uso de arado profundo, fertilizantes químicos y pesticidas daña las comunidades microbianas y reduce la capacidad del suelo para actuar como sumidero de carbono.

Veamos las cifras: ¿qué porcentaje de los suelos del planeta están en proceso de degradación? Según la ONU, dos tercios de la tierra del planeta están en peligro y podrían perder su productividad. Un suelo desnudo y desertificado no solo implica pérdida de biodiversidad y de capacidad productiva, sino que también altera los microclimas locales: hace más calor durante el día, más frío por la noche y hay menos humedad. Este desequilibrio genera menos lluvias, menor retención de agua y, en última instancia, desertificación, es decir, la conversión de la tierra fértil en desierto.

La agricultura regenerativa y la ganadería extensiva: piezas claves en la conservación del suelo

La buena noticia es que sabemos cómo revertir esta situación: mediante la agricultura regenerativa y la ganadería extensiva. Estas prácticas parten de una idea sencilla: trabajar con la naturaleza, no contra ella.

La agricultura regenerativa busca mantener el suelo cubierto de vegetación durante todo el año para protegerlo de la erosión y conservar viva su estructura. Las raíces de las plantas forman una red subterránea que fija el suelo, mejora la infiltración del agua y crea espacios porosos donde habitan los microorganismos. Asimismo, la agricultura regenerativa evita los monocultivos, es decir, no cultivar siempre lo mismo, sino favorecer la diversidad de cultivos para promover una mayor biodiversidad.
Por su parte, la ganadería extensiva también juega un papel fundamental: el ganado pastorea mediante un sistema rotativo que permite que, a través de sus excrementos, se aporte materia orgánica y nutrientes esenciales para alimentar el suelo, las plantas y las comunidades microbianas.

En definitiva, cuando la tierra se gestiona correctamente, el suelo no se degrada, mantiene su estructura y puede cumplir su función más importante: sostener la vida del planeta mientras nos ayuda a frenar el cambio climático.